23.4.06

Parte 8: La bifurcación del placer

Abril ya se acerca a su final, con escasas lluvias y dejándome una constante sensación de vacío que me inspira a escribir. Y aun cuando han existido otros momentos de mi corta vida en que me he sentido así, hay uno en especial que tras un lustro viene a mi memoria.

El complejo año anterior había quedado atrás, en gran medida gracias a una escapada de dos semanas al sur de Chile que me ayudó a cicatrizar muchas heridas del pasado y comenzar a trazar un renovado futuro. Sin embargo, antes de recomenzar el viaje quería dar un respiro, descansar y carretear sin mayores presiones a pesar de lo extraño que me sentía haciéndolo. Y ciertamente no podía estar solo en mi anhelo, pues a mediados de año aparecería (mejor dicho, reaparecería) una mujer que compartía mi desidiosa visión, el profundo afán de sólo divertirme.

Nuestras familias se conocían desde que no éramos más que niños, por lo que con el tiempo no resultó extraño rondar su casa un día sábado en busca de conversación con ella o su hermano menor, si bien algunas cosas habían cambiado desde un desliz ocurrido algunos años antes, siendo aún adolescentes, en que surgió algo que parecía obligarme a abalanzarme sobre ella cada vez que la veía. No era realmente una atracción visual o emocional, sino un golpe en la piel, un magnetismo inconsciente que se proyectaba sobre cualquier otra cosa y que en la ocasión que ahora relato nos llevó más allá de una semana de simples besuqueos infantiles. Teniendo como escenario el asiento delantero de un auto, las cosas entre nosotros tomaron un nuevo cariz, aumentando desde allí la frecuencia de mis visitas que ya no tendrían como motivo la ocasional cerveza.
Con ella pude explorar más que con mis anteriores parejas, en especial por el amplio tiempo del que disponíamos gracias a la cercanía de nuestras casas, el trabajo de nuestros padres y las constantes salidas de nuestros hermanos menores. Pero más allá de la "entretención" que brindaban aquellas tardes, algo me hacía despreciar las horas dedicadas a la constante exploración de nuestros cuerpos desnudos, y es que la ausencia de sentimientos en mi actuar parecía afectarme profundamente.

Era tiempo de dejar de divertirme, retomar el camino que había comenzado a trazar un año antes, reingresar a la universidad y darme cuenta que la adolescencia era un tiempo pasado. Hoy, aun cuando debo reconocer que las circunstancias me hacen considerar volver a aquellos tiempos en que nada importaba más que estar con ella, sin preocuparme de un pasado lleno de cicatrices o un futuro incierto, la madurez me obliga a seguir adelante y dejar esto como un recuerdo que es parte de mí pero como realidad no será más.

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