Un par de semanas atrás publiqué en messenger un nick que causó revuelo por su transgresora sinceridad, que para algunos traspasaba incluso el límite de la crueldad. Eso sí, a pesar de las fuertes críticas recibidas se debe reconocer que la mayor parte de los comentarios tras su publicación confirmaban y adherían a mis palabras. El mensaje en cuestión hacía alusión al accidente que costó la vida de nueve quinceañeras del Colegio Cumbres –ubicado en un exclusivo sector de la capital–, cuestionando si acaso las reacciones generadas tanto en los medios de comunicación como en el Gobierno hubiesen sido similares de ser las víctimas del accidente personas provenientes de otro estrato social.
De las escasas críticas negativas que recibí en su oportunidad he escogido detenerme en una en particular, proveniente de una mujer vinculada a los ya mencionados medios de comunicación. Ella, a pesar de conocer mis usuales "salidas de madre", consideraba que mis palabras resultaban bastante inadecuadas e inconvenientes ante la proximidad de la tragedia; sin embargo, salí de inmediato en férrea defensa de mi propuesta utilizando los mismos argumentos periodísticos que ella sacaba en cada discusión, esto al decir que al carecer mis palabras de un contexto mediático sobre el cual sostenerse de seguro perderían valor e impacto como cuestionamiento a las desigualdades sociales vividas a diario. Por supuesto, ante tal punto de vista ella logo comprender (al menos en parte) la postura presentada.
Pasados unos días he vuelto a meditar sobre la crítica social previamente realizada, motivado por una carta publicada al comenzar esta semana por el periódico La Tercera. La autora era una mujer llamada Dalila Rivera, quien en su misiva no titubea en momento alguno al poner en la balanza el accidente ocurrido en la Región de Arica y Parinacota con aquél acaecido durante este mismo año cobrase la vida de seis personas –tres escolares y tres adultos– en la ruta L11, que une Linares con Panimávida en la Región del Maule. En ambos hechos, las víctimas fatales eran niñas de colegios católicos pero a ojos de la opinión pública no habría más elementos vinculantes pues es al primero al que se ha dado más minutos en TV y tinta en la prensa escrita.
En el comentario hecho por esta mujer vuelven a cobrar sentido mis palabras al ver cómo las escolares del Maule debieron enfrentar no sólo el accidente, sino además todas y cada una de las falencias presentes en el sistema público de salud. En la vereda opuesta pudimos ver que además de los para nada escasos recursos económicos que poseen las familias involucradas se ofreció ayuda por parte del Gobierno para el transporte de las jóvenes y sus padres, constatándose también en repetidas ocasiones la presencia de Mónica Jiménez, Ministra de Educación, brindando apoyo a los afectados. A esto se suma la exagerada propuesta por cambiar el nombre de la ruta CH-11 (donde se produjo el accidente) en favor de uno alusivo a las víctimas del exclusivo establecimiento educacional capitalino.
Ante tales antecedentes, considero justo cuestionar el valor que como sociedad asignamos a la vida de las personas, el que en este ejemplo parece depender del origen socioeconómico de las mismas. Resulta además contradictorio que bajo el Gobierno de una mujer perteneciente a las filas del Partido Socialista se hagan estas diferencias y que tenga más valor un apellido que la dignidad humana.