Como es usual, mucha tinta y días he gastado mientras intentaba darle sentido a este escrito. Eso sí, en esta ocasión la problemática no venía de la mano de la forma sino del fondo, del propósito de este posteo y si acaso sería buena idea publicarlo, especialmente a la posibilidad de que el tema se convierta en el elemento que rompa la extraña estabilidad que enfrento para bien o para mal. Movido quizás por la reciente semana junto al mar es que he decidido finalmente terminar el relato, cosa de aburrir una vez más a mis anónimos lectores.
A modo de preámbulo debo confesar que a pesar de mi exterior sereno y mi continua disposición a ayudar al resto en materia sentimental, por mucho tiempo me he sentido condenado a la cruel desventura de sueños destinados a romperse. La noche no ha querido dejar mi lado y tampoco es mi deseo alejarme de ella, fiel compañera en solitarias y angustiosas jornadas de espera que por momentos siento durarán por siempre. Tras el dolor, mi misteriosa amiga me ha mostrado que hay vida más allá de la rutinaria existencia en la que nos sumergimos sin siquiera pelear, sin una queja, sin un suspiro suplicante. Y bien sé que para la mayoría será difícil comprender cómo es que alguien puede gustar más de la noche, pero es necesario que entiendan que fue a la luz del día que los actos de mi padre me mostraron un mundo en que el amor no era más que una serie de impulsos instintivos que por costumbre nos ligan a sólo una persona, mas como cualquier costumbre puede perderse. En la oscuridad de la noche he aprendido lo contrario, he querido optar por lo contrario.
Esta historia, como tantas otras en mi vida, inicia con la simpleza de un juego, con las miradas y la coquetería acostumbradas. Y al momento de recordar descubro un nuevo regalo que me trae la oscuridad, y es que durante la noche es cuando me resulta más fácil rememorar las tardes en que, sin conocerla aún, anhelaba encontrarme con esos ojos capaces de conquistar el mundo. Pero sería finalmente a la sombra de los árboles, a orillas de un río que me encontré por vez primera y de manera sorpresiva frente a ella, incapaz de huir mientras la oía hablar sobre detalles de ese paraje que el tiempo y su belleza hacían intrascendentes. No fue en ningún caso mi intención restar mérito al elaborado discurso que pronunciaba, pero este carecía del poder presente en el suave tono de su voz y en el misterio oculto en sus brillantes ojos. ¿Quién podría comparar la naturaleza de una solitaria roca junto al río con su naturaleza de mujer? ¿Quién querría perocuparse de la rugosa textura de una roca sedimentaria si se está ante la lozanía de su piel?
El miedo me invadía cada vez que quise conocerla, el mismo miedo que me invade hoy al pensar que sus jóvenes ojos podrían recorrer estas palabras que se ha vuelto imperioso escribir. Los días crecieron entonces en preguntas, pero carentes de las respuestas que requería para enfrentar mis temores, por lo que llegaría el término de un semestre, el inicio de otro mientras en mi mente aguardaba su recuerdo en busca del momento indicado para resurgir, algo de lo que la casualidad supo encargarse. Reunidos ahora en la misma sala de clases surgió la posibilidad de conocer el nombre de la anónima conquistadora que incluso llegué a pensar como otro invento de mi activa imaginación; sin embargo, los temores me contuvieron, permitiéndome observarla sólo desde la silenciosa distancia.
Nuevamente veía un semestre acercándose al final a un ritmo agobiante, llevándose la escasa espontaneidad que en mí quedaba y que es el principal ingrediente que necesito a la hora de convertir miradas en palabras. Esta vez no podía dejarme estar, me preparaba a actuar teniendo cualquier razón a mi alcance para lograr ser algo más que un mudo espectador. Y aunque las piezas se movieron en forma perfecta, de nada sirvió eso cuando el tablero se desvaneció ante la cancelación del viaje académico que me daría chances. El destino, eso sí, tenía preparada una sorpresa pues en el caos surgió su voz pronunciando mi nombre (el que creía ella desconocía). Un cálido abrazo nunca pronosticado acompaño al encuentro, provocando que un corazón que por tanto tiempo había sobrevivido de dolor se llenase de alegría e ilusión.
Mi espontaneidad ha renacido con más fuerzas, trayendo consigo la génesis de nuevos encuentros. Pero mi cabeza se llena de renovados cuestionamientos, algunos tan efímeros como la taza de café que me acompaña, la mayoría poderosos y profundos como el océano. Cada vez que se ha abierto la posibilidad veo como el tiempo escasea mientras la conozco y me dejo conocer, sabiendo que en el misterio de sus ojos puedo encontrar también el de los míos. Si bien hay momentos en que deseo no verla, no saber de ella, no sentirla ni lejos ni cerca, desconocer por completo su cautivante existencia, finalmente sé que es mejor saber que hay alguien como ella, alguien capaz de hacerme soñar despierto sin la necesidad de romanticismos caprichosos. Con ella, tal como ocurre conmigo, siempre debe esperarse lo inesperado y es que en ella he encontrado mi reflejo, un igual...
(¿continuará?)