19.7.10

Mi depa está embrujado

...sí, sí. Sé que es una muy inusual declaración para hacer en este blog, especialmente cuando tanto tiempo ha pasado desde el último posteo, pero me estoy preocupando con todas las cosas que ocurren aquí.

Para dar sólo un pequeño ejemplo, todos saben que los pisos de madera crujen con los cambios de temperatura; sin embargo, cuando los crujidos son seguidos por el inconfundible sonido de pisadas y canicas rodando por el piso, eso ciertamente escapa de los estándares de lo que es considerado normal.

También están esas extrañas sensaciones que tienes que enfrentar a cualquier hora del día: estar siempre acompañado, siempre observado, movimientos constantes por todo el lugar. Y la noche trae consigo una nueva percepción de esos eventos, con siluetas marchando por todo el departamento y rayos de luz que no provienen de lugares ni fuentes conocidas.

Desde luego estas cosas podrían ser fácilmente relacionadas con sueños, alucinaciones o paranoia, pero he sido capaz de sentirlas desde que era niño y ningún terapeuta ha notado algo raro en mí. El problema es que de algún modo este lugar amplifica el fenómeno, así que el depa debe tener algo extraño... ¿no lo creen?

13.4.10

Generación X revisitada

Desde el gran boom del Axé a comienzos de la pasada década que dejé de ser asiduo a fiestas, pero hace unos días me armé de valor para asistir a una llamada "A todo 90". La idea de esta producción es recordar la música de esa década, así que su público objetivo son personas como yo: adultos jóvenes entre las edades de 25 y 40 años. Además, acompañando a la música hay también videos de nuestra distante niñez y adolescencia, como programas de TV y conocidos spots publicitarios, así que es como volver en el tiempo por unas horas – bueno, al menos para mí lo fue y de qué manera.

En el preciso momento en que arribé al lugar comencé a sentirme en los últimos años de los 90s, porque quien cortaba tickets en la puerta era un compañero de colegio que solía ser un idiota engreído. ¿Y adivinen qué? ...doce años después sigue siendo un idiota engreído, pero de treinta años.

El espíritu de los 90s continuaba al cruzar la puerta, no sólo por la música (aunque debo decir que un par de canciones que oí no eran de la década) sino también por las personas que deambulaban por el galpón donde se realizaba la fiesta. Apenas unos minutos fueron suficientes para descubrir que otros personajes llegaban desde el pasado junto al idiota engreído, pues al momento de pisar la pista de baile vi a la chica rechoncha que no se preocupaba nada más que de bailar. A su izquierda estaban los buitres, con los mismos peinados que usaban una década y un lustro atrás, y por supuesto tenían sus miradas puestas en las bellezas bailando a mi derecha. Pero tal como en los 90s, esas chicas estaban ahí para divertirse y no para ser molestadas por los usuales pelmazos, así que sin mediar palabra alguna los pajarracos pronto volaron en busca de nuevas presas.

Caminando derredor de la pista estaba el tipo obeso de la secundaria, aún más gordo que entonces, acercándose a la multitud para ver si alguna chica bailaría con él y siendo rechazado una y otra vez. Incluso lo vi bailando junto (no con) a un grupo de rubias, tratando de dar la falsa impresión de que de algún modo andaba con ellas, por lo que fue un muy triste espectáculo para seguir observándolo. Oh, y desde luego los tipos cool estaban ahí también, haciendo un gran esfuerzo por verse tan cool como cuando eran adolescentes.

Y ahí estaba yo. Usando ropa similar a la que tenía en los 90s, mi cabello sólo un poco más corto, algunas arrugas en mi rostro, mi panza algo más abultada (nada que una lipo no cure), algunas cicatrices nuevas, el mismo mal temperamento y los mismos pasos aburridos al bailar, tratando de parecer aceptable para la linda chica frente a mí para robarle una sonrisa. Pero esta vez había una pequeña diferencia, pues la chica no usaría la frase 'tengo que ir al baño' como excusa ni me dejaría en suspenso al terminar la noche sin siquiera la insinuación de un beso. Esta vez la chica linda se iría conmigo a casa porque, después de todo, no era –no es– sólo un encuentro pasajero ni un romance infantil: ella es el amor de mi vida.