Su extrema preocupación por la apariencia física, llegando muchas veces al punto de olvidar ser buenas personas.
Que te calienten la sopa – lo encuentro de mal gusto, en especial para los casi extintos hombres sensibles.
La precisión con que escogen a hombres malos, como si quisieran pasar toda su vida quejándose que todos los hombres somos iguales... igual de malos...
Las ganas de terminar pareciéndose a sus madres tras casarse, como si aquellas mujeres se convirtiesen de un instante a otro en ejemplos de vida.
La manía de, seamos malos o buenos, buscar cambiar a los hombres con los que salen (¿acaso no les gustaba cómo éramos al empezar la relación?).