El tiempo parece desvanecerse mientras reviso algunos recuerdos... tanto que a veces, tal como Marcel Proust en "Á la recherche du temps perdu", basta un sabor, un aroma, un simple evento para volver a preguntarme porqué Pamela, la niña Venezolana, se mostró de un momento a otro deseosa de presentarme a su hermanastra.
Era 1998, último año de secundaria, y aun cuando habían miles de otras cosas que hacer en esa tarde de Octubre llamé para programar un encuentro. Aunque la verdad la había visto antes en un par de ocasiones, no fue hasta ese viernes que aparecería ante mí tan avasalladoramente y, a pesar que sólo podíamos reunirnos por unos minutos, mientras estaba caminando hacia el gimnasio al entrenamiento de básquetbol me sentí incapaz de dejarla, por lo que regresé para encontrarla en el mismo punto donde estaba al marcharme, como si hubiese pronosticado mis movimientos.
Algunos días después volvíamos a reunirnos, esta vez abandonados a la pasión de un beso que sellaría el inicio de nuestra corta pero intensa relación. Hoy debo reconocer que a pesar de los años me sigue siendo difícil encontrar palabras con las que pueda siquiera acercarme a la descripción de lo que sentí por ella, y es que incluso Amor se vuelve un concepto demasiado frágil, demasiado escueto, demasiado volátil. Me entregué a ella, a nuestra relación para darle todo lo que yo era, toda la felicidad que me estaba quedando en uno de los instantes más oscuros de mi vida. Y eso fue lo que nos llevó a un abrupto final que por tres años nos mantuvo distanciados.
Parte de los sentimientos que alguna vez nos unieron seguían presentes en un improvisado reencuentro, mutados en extrañas manifestaciones de cariño. Hoy, eso sí, volvemos a estar separados pues nuestras vidas han tomado muy distintos rumbos, pero escribir esto la trae al presente junto a la posibilidad de volver a reunirnos para hablar, contarnos qué fue y qué será de nuestras vidas.
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