16.4.06

Parte 3: Recuerdo de una obsesión

Lo dije con anterioridad: estudiar en un colegio de niños fue una oportunidad perfecta para ser notado en un barrio con muchos colegios de niñas. De hecho, las cosas parecieron volverse más fáciles cuando descubrí en mi propio establecimiento un lugar donde la presencia femenina era mandatoria. Fue así como a los 14 años me uní al Taller de Teatro donde inmediatamente comencé a destacar, en especial por los sostenidos esfuerzos por superar mi heredada timidez.

A los 15 años había alcanzado cierto rango en el Taller gracias a los logros cosechados tras un año de arduo trabajo y presentaciones. Sin embargo, las horas gastadas en ensayos redujeron prácticamente a nada el tiempo que tenía para ir a pavonearme a la Plaza Brasil y tuve que escoger posibles conquistas entre las niñas de la clase. Por ello tuve que esperar hasta una tarde de Abril para conocer a Daniela, incluso aunque ella asistía al colegio justo frente a la ya mencionada plaza y vivía solo a algunas cuadras de allí.

Luego de un par de semanas era imposible sacarla de mi cabeza, por lo que me afectó bastante que ella siemplemente desapareciera. Por fortuna, también causé una impresión en ella porque sólo días después una de sus amigas fue enviada a decirme que estaba dejando el Taller de Teatro pues no podía evitar algunas clases en su propio colegio, pero que de todas formas quería que nos reuniésemos algún día. La intención de su mensaje era tan obvia como mi respuesta a su petición.

Comenzamos a salir, y en uno de nuestros muchos encuentros me descubrí obsesionado con su piel pálida, su dulce voz, la suavidad de sus manos y sus besos, los más sinceros que había recibido hasta el momento. Y ella parecía obsesionada también, no conmigo sino con el presente, con lo que teníamos – las largas caminatas, las horas pasadas hablando sobre la vida, nuestras vidas. Pero nunca nos atrevimos a proyectar un mañana (¿para qué, si el hoy era tan bueno?) y quizás por eso el destino fue tan cruel con nosotros.

El presente se volvió pasado y el futuro parecía carecer de atractivo alguno. Las caminatas se hicieron más cortas, los besos más fríos y las caricias pronto se desvanecieron, hasta que las noticias intermitentes se volvieron una distancia final.


Por mucho tiempo la Luna Llena me trajo el recuerdo de aquella obsesión que por ella sentí... pero eso también se ha desvanecido.

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