17.4.06

Parte 4: Ojos de miel

Pasados un par de años de la lenta desaparición de Daniela yo aún era parte del Taller de Teatro, pero no sólo como un simple estudiante sino también como consejero, lo que me daba acceso a la sala de ensayos cuando lo desease y también –por qué no decirlo– cierta autoridad frente a las jóvenes de la clase. Sin embargo, era para mí el año de graduación y más allá de reunir nuevas conquistas quería armar un equipo que llenara mis demandas artísticas. Pero alguien en la clase me estaba distrayendo de esa meta.

La más alta entre sus compañeras mas no era por ello que destacaba, sino por su aspecto despreocupado, su largo y desordenado cabello, su cuerpo oculto bajo un grueso chaleco varias tallas más grande, todos estos vanos intentos por ocultar su infantil ternura y belleza que brillaban cada vez que sonreía. Lo peor de todo eran esos ojos almendrados que parecían notar cada uno de mis movimientos y destruían completamente mi concentración, como si ella estuviese desafiándome a perderme en su suave y bronceada piel.

El momento en que toqué sus labios fue como abrir una puerta prohibida, descubriendo el secreto de su belleza infinita pero también sintiéndome cohibido ante ella, impedido de explorar el inmaculado tesoro tras su mirada. En una lluviosa tarde de Junio fui compelido a decir "no más", aunque no dejamos de vernos por un tiempo compartiendo amistad y cariño.

Años han pasado, hemos cambiado pero no puedo negar el deseo de perderme en sus juveniles ojos, en sus ojos de miel.

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