12.3.08

En busca de un recuerdo

Les ha ocurrido alguna vez que de la nada se les viene a la mente el recuerdo de una persona y luego pasan días sin que puedan olvidarlo. Por supuesto no me refiero a situaciones en que están involucradas emociones intensas, sino a aquellas ocasiones en que por simple casualidad vuelve a tu cabeza un nombre que no has escuchado por mucho tiempo y la curiosidad te impide olvidarlo fácilmente, por lo que a cada instante te sientes invadido por la pregunta ¿y qué será de...? Bueno, es obvio que mientras escribo da vueltas en mi mente el recuerdo de alguien, de una mujer, y me gustaría saber qué será de Marité.

Unos días atrás hablaba por teléfono con la Negra cuando surgió el nombre que escuchase por primera vez en su casa, poco más de una década antes. Mientras coincidíamos en que se volvía necesario que nos reuniéramos para ponernos al corriente, Fran mencionó que había sido invitada a una reunión que congregaría a sus compañeras de educación media y era la "chica Rocco" una de las mentes tras la iniciativa. Como era usual, pronunció el nombre Marité con mala intención, pero en esta ocasión sí ha logrado quitarme el sueño al hacerlo.

Como es usual, un breve relato complementa el post y comienza en la parcela de la Negra, en una fiesta de fin de año donde mi amiga fue anfitriona obligada, por lo que mi presencia debía ser consuelo para ella – y digo debía pues en la cancha las cosas tomaron otro rumbo.

Llegué con algunas horas de antelación al lugar, cosa de ayudar a mi querida amiga afinando los detalles de la fiesta y así haría también María Teresa, ya que su hermano mayor era el Dj de turno. Ante la coincidencia de labores comenzamos a hablar, primero sobre uno de mis compañeros de curso que lo había sido antes de su hermano, para luego plantearnos temas más personales y trascendentales al ritmo de las melodías de moda, como El Venao y Se a vida é.

Como comentara antes, finalmente no se cumplió el objetivo de apoyar anímicamente a Fran pues, para ser sincero, con suerte nos vimos. Esta situación ha causado que hasta el día de hoy continúe molestándome con su ex-compañera, con un cierto dejo de celos al ver que la atención de su amigo se centrara en una persona que para ella, me pregunto aún porqué, no era la adecuada. Lo cierto es que hasta el día de hoy no sólo soy objeto de incómodos comentarios de parte de la Negra, sino también de su madre quien, por lo visto, parece que esperaba algo más de nuestra amistad. Sin embargo, es otro el tema que hoy me ha hecho escribir.

Durante las semanas siguientes pasaría al menor uno o dos días de cada una de ellas visitando San Bernardo, un lugar relativamente próximo a la casa de mis padres en Maipú pero que hasta el día de hoy carece de transporte colectivo que conecte directamente ambos sectores, como si lo único que importase fuera llegar al centro de Santiago. Lo hacía desde luego para reunirme con Marité, quien a pesar de la brevedad de su estatura lograba conquistarme con su carácter, y llegamos a pasar tardes enteras discutiendo temas nimios y profundos por igual, pues de cuestionarnos la sexualidad de los músicos de moda pasábamos con prontitud a hablar sobre pasado, presente y futuro. En mi memoria viven aún los recuerdos de las despedidas cuando su madre bajaba del bus en Avenida Colón, sus incómodos comentarios por la relación que alguna vez tuve con una de sus compañeras de colegio e incluso sus intentos por llamar mi atención al quejarse por no tener tanto busto como caderas, y bien digo intentos pues mi atención ya la tenía.

Pero esta es una de mis historias, por lo que debe llegar al momento de la separación. En este caso, los constantes viajes a San Bernardo agotaron por completo mis paupérrimos recursos económicos, razón por la que paulatinamente fuimos distanciándonos. Al cambiarse Marité de casa perdí todo contacto pues a pesar que ella seguía siendo compañera de colegio de Fran, ella no me facilitaría las cosas para retomar el contacto.

Han pasado ya años, demasiados quizás, pero aún así me gustaría volver a encontrarme con ella, hablar de lo que nos ha ocurrido en este tiempo, decirle que aun cuando hace mucho que perdió su perfume todavía guardo el oso de peluche rosa (sí, rosa) que me regaló y que su tono destaca ante los tonos oscuros de mi habitación, pero por sobre todo deseo que sepa que no la he olvidado, que en más de una ocasión he tenido estos lapsus en que quisiera retroceder algunos años para verla, para no perderla.

28.1.08

Un mundo que merece ser salvado


Al parecer, toda la batalla que hemos mantenido por mucho tiempo con Josefina respecto de mi tendencia al heroísmo y ser distinto a los demás ha llegado al final, o al menos alcanzado una tregua de mediano plazo. Para quienes no tienen idea alguna de lo que hablo –que debe ser la mayoría–, resumo: como cualquier niño, siempre quise ser un héroe para salvar al mundo y a diferencia de muchos, no me he vuelto un villano al crecer (aunque sí un antihéroe). Tras tantos años, y sin intención de ser mesiánico, se ha desarrollado en mí una habilidad que ha llegado a escasear por estos días y que irónicamente para algunos implica la existencia de un "súper poder". Obviamente esta situación había causado recurrentes discusiones con Jose, quien se mostraba excéptica con todo esto, en especial porque eso de preocuparse por los demás no sólo ha llegado a parecer poco importante en la actualidad sino que puede convertirse en un arma de doble filo. Sin embargo, los reparos que la menuda bloggera tenía con el heroísmo se desvanecieron coincidentemente el día que nos reunimos a ver el estreno de la segunda temporada de 'Heroes'.

Al terminar el programa decidimos salir a comer a un par de cuadras de su casa, a uno de esos sobredecorados restaurantes chinos que abundan en la suburbia santiaguina. Mientras engullíamos los sendos platos que fueron puestos en nuestra mesa, Jose no perdió tiempo en contarme sus peripecias durante la semana que rayaron en el heroísmo que tanto criticó en mí, y es que no sólo se había conformado con escuchar y dar consejo a una pobre teen qeu sufría en la micro a causa de un hombre, sino que además no dudó en lanzarse frente a un automóvil para rescatar a un pequeño descuidado por su madre. Ella comprendería tras ser una heroína la necesidad que yo tengo de ser un héroe, que no pasa por el reconocimiento sino por la mezcla de la adrenalina que te produce el momento y la satisfacción de sentir que has salvado una vida, un alma, un momento.

A partir de su relato y la comprensión del "heroísmo", comenzamos una entretenida conversación sobre esas cosas de las que antes hablaba sabiendo que para ella eran completamente ajenas. Finalmente fue difícil no reconocer su punto al respecto, su crítica a como he abordado las cosas los últimos meses y el pesimismo que parecía quitarle sentido a mi propuesta. Después de todo, al mundo hay que salvarlo no porque sí, sino porque uno cree fervientemente que vale la pena salvarlo.

7.1.08

La mujer en el espejo

Como es usual, mucha tinta y días he gastado mientras intentaba darle sentido a este escrito. Eso sí, en esta ocasión la problemática no venía de la mano de la forma sino del fondo, del propósito de este posteo y si acaso sería buena idea publicarlo, especialmente a la posibilidad de que el tema se convierta en el elemento que rompa la extraña estabilidad que enfrento para bien o para mal. Movido quizás por la reciente semana junto al mar es que he decidido finalmente terminar el relato, cosa de aburrir una vez más a mis anónimos lectores.

A modo de preámbulo debo confesar que a pesar de mi exterior sereno y mi continua disposición a ayudar al resto en materia sentimental, por mucho tiempo me he sentido condenado a la cruel desventura de sueños destinados a romperse. La noche no ha querido dejar mi lado y tampoco es mi deseo alejarme de ella, fiel compañera en solitarias y angustiosas jornadas de espera que por momentos siento durarán por siempre. Tras el dolor, mi misteriosa amiga me ha mostrado que hay vida más allá de la rutinaria existencia en la que nos sumergimos sin siquiera pelear, sin una queja, sin un suspiro suplicante. Y bien sé que para la mayoría será difícil comprender cómo es que alguien puede gustar más de la noche, pero es necesario que entiendan que fue a la luz del día que los actos de mi padre me mostraron un mundo en que el amor no era más que una serie de impulsos instintivos que por costumbre nos ligan a sólo una persona, mas como cualquier costumbre puede perderse. En la oscuridad de la noche he aprendido lo contrario, he querido optar por lo contrario.

Esta historia, como tantas otras en mi vida, inicia con la simpleza de un juego, con las miradas y la coquetería acostumbradas. Y al momento de recordar descubro un nuevo regalo que me trae la oscuridad, y es que durante la noche es cuando me resulta más fácil rememorar las tardes en que, sin conocerla aún, anhelaba encontrarme con esos ojos capaces de conquistar el mundo. Pero sería finalmente a la sombra de los árboles, a orillas de un río que me encontré por vez primera y de manera sorpresiva frente a ella, incapaz de huir mientras la oía hablar sobre detalles de ese paraje que el tiempo y su belleza hacían intrascendentes. No fue en ningún caso mi intención restar mérito al elaborado discurso que pronunciaba, pero este carecía del poder presente en el suave tono de su voz y en el misterio oculto en sus brillantes ojos. ¿Quién podría comparar la naturaleza de una solitaria roca junto al río con su naturaleza de mujer? ¿Quién querría perocuparse de la rugosa textura de una roca sedimentaria si se está ante la lozanía de su piel?

El miedo me invadía cada vez que quise conocerla, el mismo miedo que me invade hoy al pensar que sus jóvenes ojos podrían recorrer estas palabras que se ha vuelto imperioso escribir. Los días crecieron entonces en preguntas, pero carentes de las respuestas que requería para enfrentar mis temores, por lo que llegaría el término de un semestre, el inicio de otro mientras en mi mente aguardaba su recuerdo en busca del momento indicado para resurgir, algo de lo que la casualidad supo encargarse. Reunidos ahora en la misma sala de clases surgió la posibilidad de conocer el nombre de la anónima conquistadora que incluso llegué a pensar como otro invento de mi activa imaginación; sin embargo, los temores me contuvieron, permitiéndome observarla sólo desde la silenciosa distancia.

Nuevamente veía un semestre acercándose al final a un ritmo agobiante, llevándose la escasa espontaneidad que en mí quedaba y que es el principal ingrediente que necesito a la hora de convertir miradas en palabras. Esta vez no podía dejarme estar, me preparaba a actuar teniendo cualquier razón a mi alcance para lograr ser algo más que un mudo espectador. Y aunque las piezas se movieron en forma perfecta, de nada sirvió eso cuando el tablero se desvaneció ante la cancelación del viaje académico que me daría chances. El destino, eso sí, tenía preparada una sorpresa pues en el caos surgió su voz pronunciando mi nombre (el que creía ella desconocía). Un cálido abrazo nunca pronosticado acompaño al encuentro, provocando que un corazón que por tanto tiempo había sobrevivido de dolor se llenase de alegría e ilusión.

Mi espontaneidad ha renacido con más fuerzas, trayendo consigo la génesis de nuevos encuentros. Pero mi cabeza se llena de renovados cuestionamientos, algunos tan efímeros como la taza de café que me acompaña, la mayoría poderosos y profundos como el océano. Cada vez que se ha abierto la posibilidad veo como el tiempo escasea mientras la conozco y me dejo conocer, sabiendo que en el misterio de sus ojos puedo encontrar también el de los míos. Si bien hay momentos en que deseo no verla, no saber de ella, no sentirla ni lejos ni cerca, desconocer por completo su cautivante existencia, finalmente sé que es mejor saber que hay alguien como ella, alguien capaz de hacerme soñar despierto sin la necesidad de romanticismos caprichosos. Con ella, tal como ocurre conmigo, siempre debe esperarse lo inesperado y es que en ella he encontrado mi reflejo, un igual...



(¿continuará?)

17.4.07

¿Héroe o Antihéroe?

Franklin Richards y Lockjaw
Tal como mencionara en el posteo anterior, por estos días me estoy dando el tiempo para pensar en algunas cosas que ocurren en mi vida. Es así como me apresto a escribir algunas líneas sobre algo que para la mayoría puede parecer muy ñoño, pero para mí tiene un significado especial y así como creo lo tiene también para algunas personas que han sido tocadas por el aspecto que resulta equivalente en el mundo "real". Quizás sea por el reciente estreno de la serie Héroes que he optado por este camino para facilitar la comprensión de mis pensamientos.



Una generación discriminada... Generation X
¿Quién no quiso ser un héroe cuando niño? Por lo menos yo sí. Y no me refiero a ser bombero o uno de los pocos Carabineros honestos de este país, sino a uno de esos de la DC (no esa DC, sino la editorial DC Comics) y especialmente de Marvel. Al ir sumando años también lo hacían los problemas y mis ganas de parecerme a alguno de esos hombres que habitan las páginas de las historietas. Pero ya habían dejado de llamar mi atención los todopoderosos hombres de acero, que fueron violenta y merecidamente remplazados por los atormentados, los perseguidos, los que ven su misión tambaleando en el límite entre la justicia y la venganza, los que cometen errores, lo que lloran... los que finalmente son como yo.



Nacería este seudónimo, el alter ego que esperó por mucho tiempo ver la luz, un hombre que se deja controlar por sus sentimientos y su instinto, que no tiene miedo de mostrar sus emociones, temores, esperanzas y deseos más oscuros, un ser capaz de expresar la complejidad de su mundo con la simpleza de la palabra. En los cuentos puedo ver la maldad encarnada romperse bajo la violencia de mis manos, desatando la muerte sobre aquellos que han herido a quienes me rodean, disfrutar el camino del beso en su paso desde la inocencia a la concupiscencia o simplemente sentir sin la censura de mis pares.



Blade, caminante diurno
Pero siguiendo esos caminos llegamos a los cuestionamientos, a buscar el heroísmo donde parece haber desaparecido. Me he dado cuenta que no puedo ser un héroe, sino que he seguido el camino del antihéroe, un hombre que persigue la justicia a partir de su propio sufrimiento y el de los inocentes pero no llegará a ella más que por el dolor y la muerte de quienes pervierten al mundo. Y Connor Owen Riley no es más que una obvia reacción a un mundo viciado en el que la maldad parece ganar siempre y sus seguidores no tienen problemas al vivir con sus culpas, disfrutando ante las lágrimas y la sangre. Soy ese antihéroe que goza ante la destrucción de quienes trajeron la destrucción al mundo, un verdugo que hace justicia a través de sus palabras creando un mundo donde la maldad es más fuerte – pero también lo es su castigo.


Pero vuelvo ahora a la vida real, a preguntarme si además de poder crear estos mundos paralelos tengo yo algún poder. Y sea para bien o para mal, me han dicho que sí lo tengo. El poder que algunos han visto en mí es absorver el dolor de los demás, empatizar con el sufrimiento para poder ayudar a quienes me rodean. Claro que no he aprendido a manejarlo sin que ese dolor ajeno se quede en mi alma, desgarrándome, torturándome por no haber podido evitarlo y no ser capaz de hacer más que dar una palabra de apoyo o un simple consejo, cosas que en ocasiones no parecen más que frases clichés.